Discriminación







 Trato de pensar en qué título darle a esta carta, porque no podría ser un artículo como los que he escrito con anterioridad.
Discriminación es lo único que podría definir a todo lo que ocurrió. Rompiendo aún más mi corazón, un poco más de lo que ya estaba.

Los hechos sucedieron el último jueves de enero, antes de un fin de semana largo. 
Había llevado a mi hija a la escuela, un kinder que me habían recomendado mucho porque la inclusión era su mayor objetivo educativo.
Al momento de entregarla, me percaté que olvidé agregar agua a su thermo. Entonces aproveché que estaría en la activación que realizaban todos los días antes de iniciar clases y fui a la tienda más cercana para comprar agua.

Me tardé un poco, había mucha fila en la tienda. Pero no tanto como para aún alcanzar a escuchar la música que venía de la escuela; haciéndome entender que aún no ingresaban al salón de clases.

Cuando por fin pago el agua y me dirijo hacia la escuela, alcanzo a escuchar los llantos de mi hija, llantos que no lograba unir con una imagen de ella bailando o siquiera a lado de sus compañeros. 
Tampoco estaba debajo del árbol o junto a la casita de madera donde suele refugiarse de la música tan alta, que si la escuela fuese un lugar realmente inclusivo modularían por respeto a los niños con condición.

Yo no estaba caminando por donde normalmente lo hacía todos los días, sin planearlo.
Y por esto pude ver a la maestra de mi hija, bailando, sin preocuparle mi hija.
¿Cómo iba a preocuparla si ella misma la había encerrado? A ella y a otro niño, que igual que mi hija, están dentro del espectro Autista.


En cuanto me ve, inmediatamente y muy consciente de su fatal acción, entra al salón con los niños.
Una mamá que estaba cerca de mi, voltea a verme y me dice: No esta bien lo que le están haciendo a tu hija.

Y eso activa en mí algo que a veces me cuesta aterrizar. Tal vez porque desde el diagnóstico de mi hija hemos vivido todo tipo de actos discriminatorios y nos hemos ido acostumbrando, lo hemos normalizado por miedo a alzar la voz e incomodar.
Pero hoy entiendo perfectamente que estaba en shock, de verlo con mis propios ojos lo que llevaba semanas intuyendo. 
La maestra segregaba a mi hija y a los niños con condición. Y nadie le estaba poniendo un alto.

Cuando me dirijo hacia ella, para hacerle frente a la situación; me doy cuenta que mi hija estaba muy asustada y llorando. 
Ella jamás me pide una disculpa ni reconoce su error, en cambio comienza a decir que a mi hija todos los niños le tienen miedo. 
Una niña, de buen corazón se acerca a mi hija a tratar de consolarla y decirle que no llore.
En cuanto se acerca la maestra le dice a esa niña, No te acerques a ella, ya te he dicho que a ella no.

Eso es lo que le dice a los niños, compañeros de clase de mi hija? Qué no se acerquen a ella? 
No pude evitar decirle casi al borde de las lágrimas de coraje e impotencia.

Le digo a mi hija que tome sus cosas y cuando se acerca a la maestra, se cae su peluche de apoyo emocional en los pies de la maestra, naturalmente mi hija se agacha y la maestra grita: ME ESTÁ ATACANDO SU HIJA, ME QUIERE MORDER!

Mi hija no le estaba haciendo nada, solo estaba recogiendo su peluche.
Fue ahí cuando entendí todo. Todas los días que me pedía que firmara incidencias, donde se le acusaba a mi hijia de atacar a otros niños, cuando ella también regresaba con rasguños, moretones o golpes que la verdad no correspondían a las manos o la fuerza de un menor de cuatro años.

Ahí entendí que aunque yo me esforzara tanto por ser una madre presente y comprometida ante el plantel, siendo parte del comité de inclusión educativa, llevando pláticas de concientización del autismo, donando pictogramas para sus instalaciones e incluso estando presente en todas las activaciones, eventos o festejos de la escuela; ni con todo ese compromiso cambiaría la mentalidad ni abriría el corazón de la maestra.
En mi poder no estaría jamás abrir su mente, ni crear empatía de ella hacia las neurodivergencias.

Recordé las veces que me dijo que debía trabajar en abolir el aleteo de mi hija, porque lo consideraba no apropiado.
Cómo olvidar cuando en su boleta de calificaciones agregó la leyenda: No tiene empatía. 
Evidenciando su ignorancia respecto al autismo.

Es preciso mencionar que me ofrecí como mamá sombra en múltiples ocasiones, ante la negativa de la SEP de autorizar una maestra sombra. Además de siempre mantenerme cerca de la escuela, por miedo a una crisis (que ahora entiendo por qué eran tan frecuentes, ante tan inhumano y primitivo trato).

Sé que el problema es bilateral; que las docentes no la tienen nada fácil. Estoy consciente de ello y por eso renuncié a mi trabajo para poder estar más presente y cerca de mi hija y sus necesidades.
Pero aquí también es un problema de actitud y de falta de vocación de las maestras que sostienen estas conductas, donde se puede percibir muy poca empatía, valor que dicen los autistas carecen pero pareciera que es al revés.


Han pasado ya veinte días desde que presenté mi queja ante la SEP contra la maestra. 
También ante la CEDH (Comisión Estatal de Derechos Humanos).
Aún así, la solución para la SEP fue muy sencilla: cámbiela de escuela.
Y eso terminamos haciendo, aunque mi otro hijo estaba muy bien integrado en su grupo y con su maestra.
Estamos también en un proceso de mudanza, ya que las escuelas del área donde solíamos vivir no quisieron aceptarla porque no están preparados para tratar niños autistas. Y las otras opciones ya las habíamos tomado en años anteriores, donde también tuvimos muy malas experiencias aunque no tan graves como ésta última.
La maestra no fue reubicada. 
Solo fue enviada a un curso que espero lo aproveche y no sea tomado como un castigo; que ojalá realmente entienda la gravedad de sus actos. 
Porque lo que hizo fue muy grave y no debe ser normalizado.

Mi hija ya ha estado en colegios y en escuelas públicas, en ambas modalidades el sistema le ha fallado. A ella y a miles de niños que viven con esta condición, que les etiqueta negativamente como problemáticos, rebeldes y raritos.

La alumna se fue, pero ¿Qué pasará con los que vienen? 
¿Hostigaran a los padres de familia o tutores hasta que el hartazgo les orille a cambiar de escuela?
Modificándoles una vez más toda su rutina a un niño que es más sensible a ello que un neurotípico.

Soy una madre que se atrevió a alzar la voz, pero qué pasa con las que tienen miedo y menos opciones y recursos que yo?
Las maestras y el sistema se aprovecha de que seguirán con la cabeza agachada por miedo a represalias.
Y eso por los que están en las aulas, pero hay muchos más que viven debajo de las piedras. 
Muchos niños autistas que están desescolarizados ante la falta de apoyos institucionales.

Es importante recalcar que no todos los niños que viven dentro del espectro Autista son candidatos para ingresar a un CAM (Centro de Atención Múltiple) y que al final el objetivo de este tipo de centros es el mismo que buscamos muchas madres y padres, integrarlos a la sociedad. 


Incluirlos.
Vivir la inclusión más allá de un discurso vacío que adornan con rompecabezas y corazones azules las redes sociales cada 2 de abril.


Por Keyla Zuñiguer
hechasmadre.com@gmail.com
Instagram: @keylazuniguer




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